Represión – Cuba – Repression

Obama a la carta

Obama a la carta
Todo el alboroto con la visita de Obama a La Habana gira en torno a
variables que los propios alborotadores no pueden controlar
Arnaldo M. Fernández, Broward | 24/02/2016 1:35 pm

Ahora todos quieren que sus agendas particulares sean incluidas por
Obama en la agenda oficial de la visita a Cuba. El desatino llega a
incitar a “organizar un gran acto con la oposición democrática, y dar la
palabra a todos los sectores. Además, dirigirse por radio y televisión a
los cubanos y a la comunidad internacional, para aclarar que la Isla
sigue siendo una dictadura y todo está por hacer”.
Así, Obama tendría que hacer en Cuba algo que ni siquiera ha hecho en
Estados Unidos y proceder en contra de su propia estrategia política
cantada de ganar a largo plazo con el poder blando del comercio y
quitarle el pie a la llamada oposición, como recomendó desde 2009 el
jefe de la SINA Jonathan Farrar: to look elsewhere, including within the
government itself, to spot the most likely successors to the Castro regime.

It’s the economy, stupid!
A tal efecto Obama tomó en serio el criterio concurrente del único
experto en tumbar gobierno ajeno y mantener el propio que aún queda con
vida entre cubanos: Fidel Castro, quien antes de la sirimba intestinal
en 2006 precisó que su revolución “puede destruirse; los que no pueden
destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y
sería culpa nuestra”.
Es lógico que Obama prefiera dar crédito a Farrar y al propio Castro
para enfocarse en el derrumbe del castrismo desde dentro, que prestar
atención a las marchas domingueras de Soler y Rodiles, el paro nacional
de Antúnez, los comedores populares de Fariñas, el plebiscito de Rosa
María Payá y otros, el Somos+ de Eliécer Avila, las mesas sobre
cualquier cosa de Cuesta Morúa, los performances de Tania Bruguera, la
revolución con memoria flash de Yoani Sánchez y tantas otras iniciativas
que ni hacen cosquillas al gobierno ni reviran al pueblo.
Además, tal y como Seymour Martin Lipset formuló con cautela, “entre más
próspero sea un país es más probable que sostenga la democracia”
(Political Man, Doubleday, 1960, p. 49 s), mientras que, por el
contrario, la hipótesis de que la democracia genere bienestar es dudosa,
como subraya Giovanni Sartori (¿Qué es la democracia?, Taurus, 2003, pp.
333 s).
Dar con la debida correlación es problema práctico, que la
administración Obama busca resolver tras más de medio siglo de embargo
infructífero y cientos de millones de dólares en inversiones
presupuestadas —igual de infructíferas— de ayuda a la transición a la
democracia en Cuba. Antes que desfogarse en que la movida del 17 de
diciembre de 2014 no ha surtido efecto, la bandería anti-Obama debía
conceder, por vergüenza histórica, al menos medio siglo de acción a este
replanteo de la ayuda exterior a la solución del problema cubano.
Si la picazón estriba en que van a beneficiarse sobre todo quienes
ejercen hoy el poder y han hecho leña el país, el experto antemencionado
—que es también el único exiliado cubano que vino de vuelta en
zafarrancho de combate y tomó el poder— ha dejado bien sentado qué hacer
en situación apremiante de dictadura.
Lo curioso es que la intelectualidad orgánica del castrismo viene
sonando la alarma roja contra la movida de Obama. Según el USAnólogo
Esteban Morales, Obama “divide el bloqueo en dos, para utilizarlo como
un instrumento para lo que lo que ha llamado empoderar a los sectores
que le acompañarían en su viaje de subvertir el régimen cubano; al mismo
tiempo que limita lo más posible las capacidades del liderazgo político
cubano para frustrar el interés de la inmensa mayoría de la nación
cubana de avanzar hacia el socialismo”.

Adversarios rituales
Ante la gestión gradual para desfondar aún más el embargo, Morales y
otros exigen a Obama apretar el paso, como si la Casa Blanca estuviera
subordinada a Marino Murillo en vez de tener al Congreso con mayoría
republicana presta a ensalchichar a la administración demócrata por
cualquier cosa, como violar las leyes que arman el tinglado del embargo.
Morales y compañía no se preocupan porque el Partido Comunista, único y
en el poder, sin oposición parlamentaria, ha implementado en cinco años
apenas la quinta parte de sus propios Lineamientos y muestra mucho peor
desempeño que Obama en la aplicación de las medidas ejecutivas posibles
contra el embargo.
Irónicamente sucede lo mismo en la bandería rival. Llueven las críticas
archiconocidas contra el castrismo, como si el problema fuera criticarlo
en vez de ponerle fin, y abundan los elogios a cualquier disparate
opositor, como si el problema fuera mediático en vez de político.
Así, Guillermo Martínez reprueba en el Nuevo Herald a Obama por no dar
importancia a “que después de reanudar relaciones diplomáticas con Cuba,
el número de cubanos detenidos, golpeados y perseguidos por las fuerzas
represivas del régimen se ha duplicado”.
Además de comprender que la disidencia sigue siendo hoy aquella que
Farrar descartó en 2009 como actor político, el jefe actual de la
diplomacia estadounidense en Cuba, Jeffrey De Laurentis, tiene que
haberse percatado de que las detenciones se duplican porque las mismas
personas son arrestadas cada domingo y trasladadas en ómnibus a
estaciones de policía, de donde salen enseguida sanas y salvas, salvo
contadas magulladuras, para marchar de nuevo al domingo siguiente sin
que se les sume nadie más de eso que llaman pueblo.
Para colmo se juega la carta racial de que a Obama poco le importa “la
vida de estos cubanos, muchos de los cuales tienen la piel de su mismo
color”, como si fuera en Cuba, y no en EEUU, donde la policía balea a
negros en calles y parques, incluso por la espalda.

Aliados irracionales
También desde el Nuevo Herald, Bernadette Pardo advierte que Obama
”tendrá que hacer mucho más que tomarse un cafecito a solas con Berta
Soler si verdaderamente quiere defender los derechos humanos”. Solo que
aun ese cafecito sería improcedente, puesto que Soler aboga por mantener
el embargo en contra no solo de Obama, sino de la mayoría de los cubanos
en ambos lados del Estrecho de la Florida.
El cafecito sería más anacrónico aún puesto que Soler largó —en
audiencia casi sin concurrencia— ante el Subcomité de Derechos Humanos
de la Cámara de Representantes, que la reforma migratoria en Cuba es
simple “reformilla”, ya que Raúl Castro tiene la potestad de
“seleccionar quién sale o entra en el país”. Solo por lástima el
presidente del subcomité, Chris Smith (R-NJ), no instó a Soler a
explicar cómo ella sale de y entra a Cuba tan a menudo.
Y como cada cual arrima el ascua de Obama a su sardina, el propio Nuevo
Herald editorializó ya que “si Raúl Castro quiere el prestigio de
recibir al líder del mundo libre en La Habana, Obama debería reiterar
que la libertad de prensa forma parte del paquete”. Ante todo Raúl
Castro no quiere ni busca semejante prestigio de política simbólica,
porque el castrismo ganó ya la carrera de fondo en el diferendo
Cuba-EEUU. Y por supuesto que Obama no tomará cartas en este asunto, ya
que acreditar a corresponsales extranjeros queda a la entera discreción
del gobierno receptor.
Plattismo olvidadizo
Todo el alboroto con la visita de Obama a La Habana gira en torno a
variables que los propios alborotadores no pueden controlar e ilustra la
cubichería de dictar a otros pautas deseables sin esforzarse uno mismo
por aprender de los errores propios, como no reconocer bien la situación
factual ni entender bien qué debe hacerse ni cómo actuar consecuente y
oportunamente.
Así tenemos al Dr. Juan Antonio Blanco, quien ya demostró que Obama no
liberaría a los tres que faltaban de Los Cinco, dándole lecciones a
Obama para que tenga claro que “si no va a ayudarlos [a los cubanos], al
menos no obstruya ese propósito [la estabilidad democrática]
fortaleciendo el régimen cubano actual en la apuesta de que funja como
gestor de una estabilidad represiva”.
Obama no tiene que apostar por eso, ya que la estabilidad represiva
gestionada por el régimen dura ya más de medio siglo. Más bien ha
reconocido el fracaso de toda la ayuda que EEUU viene prestándose
—incluso durante su administración— a ciertos cubanos que se arrogan ser
gestores de la estabilidad democrática de la nación sin poder gestionar
absolutamente nada en sus barrios.
En su pasado mensaje semanal, Obama soltó que “la mejor manera de ayudar
al pueblo cubano a mejorar sus vidas, es a través del compromiso:
mediante la normalización de las relaciones entre nuestros gobiernos y
el aumento de los contactos entre nuestros pueblos”. Si el Dr. Blanco
tiene mejor manera, debe exponerla en nombre de esos cubanos que verían
esta política de Obama hacia Cuba como obstrucción.
No por gusto un cúmbila de Morales en el ejercicio de la USAnólogía, el
Dr. Elier Ramírez, alerta que Washington, lejos de haber “abandonado los
objetivos estratégicos de cambio de régimen” en La Habana, ha
transformado “la guerra cultural contra Isla en el epicentro fundamental
de la política, sin renunciar a utilizar, de acuerdo a (sic) las
circunstancias, el garrote y la zanahoria”.
Si la madre de todas las soluciones al problema cubano es, como plantea
el Dr. Blanco, “que Cuba se transforme en una sociedad abierta, moderna,
democrática y próspera”, habría que identificar primero a esos cubanos
que verían obstaculizado tal propósito por el replanteo estratégico de
Obama y enseguida puntualizar de qué mejores alternativas disponen para
lograr aquella transformación sociopolítica.

Source: Obama a la carta – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/obama-a-la-carta-324901

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