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El inminente problema de Trump en Cuba

El inminente problema de Trump en Cuba
Por CHRISTOPHER SABATINI 14 de junio de 2017

NUEVA YORK — Muy pronto, tal vez este viernes, se espera que el
presidente Donald Trump, junto con el senador Marco Rubio de Florida,
anuncien una iniciativa que echará para atrás los esfuerzos que se
hicieron durante la época de Obama para suavizar el embargo de 56 años
que había tenido Estados Unidos sobre Cuba. ¿Qué tan lejos irá el
presidente estadounidense?

De todos modos, algo más importante aún que el contenido real de los
cambios ejecutivos será la reacción del congreso, los empresarios y
otros grupos interesados de Estados Unidos ante la revocación que hará
Trump de políticas que apoyan un 75 por ciento de los estadounidenses,
según el Centro de Investigaciones Pew.

Del mismo modo, la respuesta del gobierno cubano también es clave.
Durante el último medio siglo, el régimen gerontocrático de Cuba ha
sobrevivido porque el embargo no solo ha aislado al pueblo cubano de su
vecino más próximo —y de sus más de 300 millones de habitantes,
incluidos casi dos millones de compatriotas cubanos—, sino que también
ha brindado una excusa conveniente para el fracaso económico del régimen.

Análisis: Si trabajas para Trump, ‘quedas como un mentiroso o un tonto’
A pesar de lo que argumentan los defensores del embargo, la dureza de
este nunca se ha relacionado con mejoras en cuestiones de derechos
humanos. Las medidas más severas en la historia moderna de Cuba tuvieron
efecto en abril de 2003, cuando el gobierno cubano detuvo a 75
activistas de derechos humanos y periodistas independientes para
sentenciarlos a un promedio de 20 años de cárcel. Esto sucedió en el
punto más alto del embargo, durante la administración de George W. Bush,
cuando incluso los cubanoestadounidenses tenían restricciones en cuanto
al número de visitas a sus familias en la isla o al envío de dinero (la
mayoría de los presos políticos fueron liberados entre 2010 y 2011
gracias a un trato que negoció el Vaticano).

Estados Unidos carecía de algo que ahora tiene: influencia. Desde que el
17 de diciembre de 2014 el presidente Barak Obama anunció la primera de
una serie de reformas drásticas para normalizar las relaciones, Estados
Unidos y Cuba han colaborado en la lucha contra el tráfico de narcóticos
y el lavado de dinero, cooperaron para mejorar la seguridad en puertos y
aeropuertos y lograron concretar las visitas de funcionarios como el
relator especial de las Naciones Unidas sobre la trata de personas.

Los cambios también han ayudado a generar trabajos e ingresos para la
economía estadounidense. Desde que el presidente Obama suavizó las
restricciones para viajar, el turismo ha prosperado. El año pasado, un
estimado de cuatro millones de visitantes fueron a la isla, entre ellos
más de 600.000 desde Estados Unidos: un aumento de 34 por ciento en
comparación con 2015. Estos viajes han ayudado a impulsar la industria
hotelera en los dos lados de los estrechos de Florida. Delta, American,
JetBlue y otras aerolíneas vuelan a diario al menos a seis ciudades
cubanas y los cruceros Carnival transportan ciudadanos estadounidenses
al puerto de La Habana. Airbnb también tiene una lista de cientos de
casas privadas donde se pueden alojar los estadounidenses de mente
abierta e interactuar con los lugareños. La semana pasada, la empresa
dijo que sus conexiones habían ayudado a poner 40 millones de dólares en
los bolsillos de los cubanos dueños de hostales.

En total, el grupo Engage Cuba calcula (en un informe del cual fui
parte) que restringir los derechos de los ciudadanos estadounidenses
para viajar e invertir en Cuba le costaría 6,6 mil millones de dólares a
la economía de Estados Unidos y afectaría 12.295 empleos estadounidenses.

El gobierno de Castro obtiene beneficios monetarios gracias al aumento
del flujo turístico a la isla, pero se ha resistido a la apertura que
viene de la mano de este. Ya no encarcela a la misma cantidad de
prisioneros políticos como solía hacer. Su nueva táctica consiste en
detener temporalmente a los activistas. Sin embargo, la presa se ha roto.

Cuando estuve en Cuba el año pasado, y en comparación con la situación
que se vivía cuatro años antes, me fue imposible no notar la diferencia
en la disposición de las personas para manifestar sus opiniones, la
creciente prosperidad de una clase de empresarios independientes y —como
también lo informó el Comité para la Protección de los Periodistas— el
auge de nuevos espacios en línea para el periodismo independiente y de
investigación. Es por ello que los defensores internacionales de
derechos humanos apoyan la moderación del embargo.

Antes de ir a Miami, el presidente Trump necesitará sopesar con cuidado
sus opciones. No fue elegido por solo una pequeña parte de la población
cubanoestadounidense de Florida y sus acciones permitirán que el
gobierno de La Habana utilice la retirada como una excusa para quedarse
atascado en la Guerra Fría.

Sí, el embargo sigue siendo una ley, y Trump puede eliminar los cambios
de la era de Obama con solo una firma. No obstante, el congreso no está
indefenso ante esta situación. En mayo, un grupo bipartidista de 55
senadores firmó una ley para acabar con las restricciones de los viajes
desde Estados Unidos a Cuba.

Si Trump revierte drásticamente las iniciativas de Obama, las
universidades que han disfrutado de la libertad de intercambio
académico, los negocios y sus trabajadores, y los millones de ciudadanos
que han viajado a la isla y se han relacionado con las comunidades
cubanas, deberán alzar la voz. Les corresponde exigir que las políticas
actuales sirvan a los intereses de Estados Unidos a largo plazo y
promuevan los valores de apertura y confianza en la libertad y el
cambio, lo cual finalmente también sirve a los derechos humanos.

El gobierno cubano tendrá que evitar una reacción excesiva ante la
retórica exaltada y las denuncias que acompañarán los cambios. Pero es
improbable que pueda resistirse. Si la historia sirve de parámetro, el
gobierno de Cuba responderá sacando provecho del antagonismo reciente
—como lo hizo en 2003— y restringirá los espacios de independencia e
información que han echado raíces los últimos cuatro años. Después de
todo, ¿qué autócrata puede resistirse a hacerse la víctima y culpar a
los extranjeros de los fracasos políticos y económicos?

Christopher Sabatini es profesor de la Escuela de Relaciones
Internacionales y Públicas de la Universidad de Columbia y director de
Global Americans.

Source: El inminente problema de Trump en Cuba – Español –
www.nytimes.com/es/2017/06/14/el-inminente-problema-de-trump-en-cuba/

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